Premio Nacional de Artes Musicales. Premiación 2020 o la cantiga de una memoria rota. Por *Agustín Ruíz Z.

No pocos han sido los episodios de controversia que la entrega del Premio Nacional de Artes Musicales ha desencadenado en su historia reciente. No obstante, este año el jurado ha puesto al galardón en un grado de despropósito cada vez más difícil de aceptar, luego que Miryam Singer se haya impuesto por sobre artistas de la talla como Cecilia, Isabel Parra, Patricio Manns y Horacio Salinas. No se quiere con esta opinión desmerecer la vocación y profesionalismo de la Sra. Singer. Tampoco de restarle valor a la comprensible emoción que la noticia le produjo a la artista lírica, emotividad que la ministra Valdés señaló como la ratificación del real merecimiento del galardón otorgado. Más bien, se trata de apuntar a interpretar de la mejor forma posible lo que la ley 19.169, que regula este premio, dice en su primer artículo, en cual se sentencia que por este galardón se vendrá “a reconocer la obra de chilenos que por su excelencia, creatividad, aporte trascendente a la cultura nacional y al desarrollo de dichos campos y áreas del saber y de las artes, …”

En lo que toca a la música como uno de los sectores específicos de nuestro campo de acción –la cultura—, es evidente que la ópera no es ni ha sido en las últimas décadas, el derrotero por donde viene transitando el desarrollo artístico y cultural de la nación. Tampoco lo ha sido el Teatro Municipal de Santiago, institución que aún mantiene una postura excluyente respecto de los contenidos poco pluralistas de tu cartelera. De tal modo, la gestión de esta sala –que cuenta con un trato privilegiado en relación a otros espacios musicales— y los montajes producidos en esa, no son en conformidad a la ley, argumentos a considerarse en la decisión de este otorgamiento. 

Tratándose de música, se espera que este premio reconozca la relevancia de unas trayectoria y obra que, por una parte, hayan sido un contundente aporte al despliegue del arte musical nacional, sea cual fuere su género y/o tendencia estilística. Mas así también que esta obra hubiese calado profundo en la matriz cultural de la sociedad en su conjunto. Vale decir, este premio debiera distinguir a artistas cuya obra haya logrado constituirse en legado para las nuevas generaciones, así como una vinculación afectiva y efectiva con la música de las generaciones pasadas a fin que, tanto la contemporaneidad como el futuro, se reconozcan en un pasado común. Este es el sentido del legado como experiencia social y cultural. Es también lo que, a nuestro entender, encarnan las obras de Manns, Cecilia, Salinas y Parra.

Lejos de esta visión, el Premio Nacional de Artes Musicales ha sido mayoritariamente un espacio de refracción –cuando no de negación— de la cultura musical que tiene sus raíces en la realidad social, esa realidad que, por concomitancia vital, todo arte requiere para su desarrollo. Sin esta dimensión no se comprende el valor de una obra y la dimensión histórica que ella significa. En virtud de lo anterior y conforme al espíritu de la ley que lo instruye, este premio debiera ser reflejo palmario del alto consenso y la adhesión que alcanza un legado musical específico. Es precisamente este consenso lo que confiere legitimidad al premio y lo hace instrumento indicativo de identidad cultural.

No obstante, esta legitimidad se ha visto opacada por cuestiones de naturaleza heterogénea que intervienen en la decisión. Asuntos que, consecuentemente, se sostienen en un jurado variopinto, pléyade que, en gran parte, nada tienen que hacer en la resolución de un Premio cuya otorgación demanda de alta especialización y trayectoria en la materia tratada. Por el contrario, lo que se observa en este tipo de jurados es una endogamia que, en materia de música, reproduce la perpetuación de una inequidad extenuante, en la que se asegura la afirmación de causas no meritorias al propósito de este reconocimiento.

No es aceptable que sigan siendo postergado artistas que con su obra han trascendido las décadas, resonando en el alma del pueblo. No es aceptable continuar con la marginación, la burla, el doblegamiento. Por último, para que el Premio Nacional de Artes Musicales deje de ser la Cantiga de la Memoria Rota, se requiere con urgencia una profunda reformulación, que no puede sino ser parte de una revisión crítica de las orientaciones que hoy por hoy tiene la institucionalidad estatal de la Cultura.

*Agustín Ruíz Zamora

Dirigente AFUCAP, musicólogo, miembro de International Council Tradicional Music

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